viernes, 24 de enero de 2014
viernes, 17 de enero de 2014
+ ¿Decorativo? ¿Efectista? +
Estos días de fin de año aproveché para salir de la isla. Visitar otras tierras siempre es estimulante y nos decidimos por Sevilla simplemente porque encontramos un vuelo muy barato a esta ciudad. Nos alojábamos en la habitación de un hotel que ha sido remodelado recientemente y todos los detalles del dormitorio rezumaban modernidad. La decoración fue pensada concienzudamente y un vanguardista cuadro abstracto lucía sobre la pared y hacía juego con los demás elementos del cuarto. Dio la casualidad de que por unas razones que ahora no vienen al caso nos tuvimos que cambiar a otra estancia del mismo edificio y cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que siendo todos los muebles, cortinas, etc. iguales a la previa, también destacaba un cuadro original muy similar al anterior sobre el muro. Efectivamente, un artista había pintado una tela diferente para cada habitación del complejo. Y aunque no era el mismo lienzo, el planteamiento era parecido y así la obra siempre hacía juego con el rojo de la lámpara, el negro de las cortinas y los blancos de las sábanas de la cama.
Al ver estas pinturas inmediatamente me vino a la memoria cuando estaba estudiando en la Complutense de Madrid. En ese momento en la facultad hacer pintura figurativa era un suspenso seguro y como todos queríamos el título, que para eso estábamos allí, hacíamos pintura abstracta por norma; si es que pintábamos, porque algunos habían optado por el arte conceptual y no ponían el pie en el taller. Cuando el catedrático pasaba por el aula (y eso sucedía muy de tanto en tanto) no había peor comentario por su parte que el de adjetivar nuestro trabajo como "decorativo". Eso suponía la descalificación total del cuadro y un paso más hacia el temido suspenso, que en un ambiente tan arbitrario y sin claras pautas de trabajo siempre pendía sobre nosotros. Otro apelativo grave, pero de menor calado, era que el profesor tildara nuestra obra de "efectista". En ambos casos debíamos, según el titular que nos juzgaba, luchar por algo más puro, menos artificioso (el significado de estos consejos era más bien esotérico y venía a resumirse en que probaras otra cosa).
Mirando los cuadros de la habitación pensé en cuán equivocados estaban los catedráticos de la facultad. Ciertamente, cualquier obra colgada en un alojamiento como aquel, ya fuera realizada por un gran maestro de la pintura o por un ignorante, pasaría a adquirir el apelativo de decorativa. Aunque eso no supondría un juicio de valor real sobre ella misma. Los cuadros son buenos y malos pero no dependiendo de dónde están colgados. Los criterios para juzgarlos son otros. A mi modo de ver, dejando a un lado la discusión conceptual, esos cuadros del hotel poseen virtudes y carencias. Por un lado la composición es válida, simple pero no aburrida. Posee tensión por el juego de volúmenes sin perder la unidad de conjunto. El trabajo del color es bueno, con tintes puros que conviven con un gris neutro que hace de contrapunto. El juego de texturas funciona, acompañando a los tonos para crear una superficie dinámica y variada. Sin embargo, las obras pecan de premeditación. El autor sabía de antemano lo que iba a hacer y ha ido directo a por ello. Es lógico, tenía que pintar más de doscientas obras similares y no se iba a entretener con cada una de ellas. Y este hecho se percibe, pues no hay matices, ni errores y correcciones, ni veladuras de otros tonos, ni sombras de un trabajo anterior. Ha ido directo a lo que necesitaba sin jugar, sin que el azar interviniera para nada, sin dejar que la casualidad engendrara detalles valiosos. Sólo eso, perdió por el camino el tesoro de lo inesperado.
viernes, 10 de enero de 2014
+ Muchos juguetes +
La navidad siempre llega cargada de regalos y hoy en día casi se resume en ellos. En una cultura como la nuestra, en que el objeto tiene prioridad sobre todo lo demás, a menudo los niños quedan abrumados y saturados de juguetes. Tanta abundancia inevitablemente lleva a que la vida útil de cada uno de ellos se reduzca drásticamente, llegando incluso a unos pocos segundos, los que se tarda en sacarlo de la caja, darle unas cuantas vueltas y dejarlo olvidado definitivamente. Somos hijos de un mundo en que el material base es el plástico, que apenas tiene valor, moldeado por máquinas que realizan complejos procesos en un abrir y cerrar de ojos, controladas por una mano de obra tirada de precio pues se sitúa en algún país del lejano Oriente. Años atrás las cosas no eran así. La materia prima era más valiosa y limitada y el proceso de producción mucho más laborioso pues era en gran parte manual. En consecuencia los objetos eran más escasos y caros, por lo que debían durar más. Los juguetes establecían una unión afectiva con el niño que los utilizaba, ya se dice que el roce hace el cariño. De ahí que los museos del juguete tengan ese encanto mezclado con ternura que produce recordar antiguas amistades con objetos muy especiales que nacieron a lo largo de muchas horas de juegos.
En Palma, ciudad llena de rincones por descubrir, han abierto hace unos meses un museo del juguete. Y en los bajos del edificio, un bar que lo acompaña. Está decorado con los mismos objetos que pueblan las vitrinas de los pisos superiores y el ambiente que han conseguido crear no envidia para nada ninguno de los cafés undergruound de moda de París o Berlín. Si veis un euro en el suelo y pensáis que se os cayó de la cartera, no os agachéis a cogerlo, pues está pegado con adhesivo (doy fe de ello); una muestra más del ambiente divertido y juguetón del lugar.
En estos días podéis además disfrutar de una exposición de acuarelas sobre papel. No he conseguido averiguar el nombre del artista, y las fotos no tienen mucha calidad, pues aunque el bar abre también por la mañana yo fui una noche con los amigos para celebrar las fiestas y entre la poca luz y el gentío que había esto es lo que pude captar con el móvil. No es muy habitual ver dibujos a lápiz mezclados con acuarela. Son dos procedimientos que no se integran fácilmente y a menudo, hasta que no se ha borrado el lápiz del papel, la obra da sensación de suciedad. En este caso cada técnica está en su ámbito y respeta el espacio de la otra, lo que permite que dialoguen a gusto. Los retratos femeninos están llenos de sensualidad y al acompañarlos por un extraño ser coloreado adquieren un estado de ensoñación y fantasía que aumenta su carga simbólica ¡Qué sabrosa cerveza en compañía de ninfas y hadas!
viernes, 20 de diciembre de 2013
+ No hay error +
La acuarela es una técnica diferente. Parece que lo difícil en esta disciplina es el hecho de que los colores son transparentes y no pueden cubrirse los errores. Eso es cierto, pero no es el quid de la cuestión. El gran problema de la acuarela es aprender a dominar el agua. Conocer qué cantidad de humedad produce los efectos que deseamos es fundamental y por ello estar muy familiarizado con el papel que utilizamos es inevitable. No podemos trabajar como si de óleo o acrílico se tratara, permanentemente en papel seco y sin ningún tipo de azar. Los colores deben jugar con el agua, de lo contrario mejor utilizar otros recursos.
Uno de los errores que cualquier acuarelista teme son las llamadas coliflores. Este efecto aparece cuando se añade color a una superficie que se mojó previamente ya está casi seca, pero no del todo. En este caso el nuevo color no mezcla bien con el antiguo sino que se forma una barrera de bordes dentados, muy semejante a la coliflor al cortarla de un tajo. Es un problema desagradable sobre todo cuando surge en un lugar delicado, como podría ser la piel en un retrato o una posición destacada del cuadro. Sin embargo, no hay mejor sabiduría que la de utilizar los errores a nuestro favor. Es el caso de Björn Bernström. Este acuarelista sueco reside en Estocolmo donde imparte también cursos sobre la técnica (www.bjornbernstrom.se). Sus paisajes nórdicos llenos de nieve y frío poseen un encanto especial. Esta magia se la deben al error de las coliflores. Björn las ha cultivado hasta dominarlas. Así consigue que le salgan en el lugar que él quiere y con la forma adecuada, convirtiéndolas en árboles, montañas o la aurora boreal. Es el resultado de aceptar las limitaciones y utilizarlas como herramienta. Salvando las distancias, un gran maestro en este arte es el científico Stephen Hawking. Esta semana veía un documental sobre su vida. La enfermedad que lo iba a dejar inmovilizado en su silla de ruedas se le diagnosticó a una edad muy temprana y el proceso fue inexorable. A lo largo de su vida los médicos predijeron su pronto fallecimiento en innumerables ocasiones, pero su voluntad de vivir y seguir trabajando ha sido más fuerte. Un fallo en su proceso vital iba a truncar su brillante carrera pero supo ponerlo de su parte, convertirlo en un hecho más de su historia, no ya un error sino un factor añadido con el que trabajar.
Quiero aprovechar estas imágenes llenas de sensibilidad, delicadeza y coliflores para felicitaros las fiestas. Nos vemos después de reyes, ¡feliz año nuevo!
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